hypertrofia ocular

¿Por qué me gusta Jeepers Creepers?

*Este texto está repleto de revelaciones de la trama. Como diría Edward Snowden, “las revelaciones están sobrevaloradas”, así que deberías seguir leyendo.

Es inevitable. Después de una noche de borrachera, no hay mejor menú que un plato de macarrones con tomate y queso fundido. Aunque me dieran a escoger, difícilmente sustituiría ese nutritivo potaje por alguna delicatessen. Porque, en momentos de peligrosa inanición resaquil, podría escribir una hagiografía a la pasta tras el primer bocado. Y esto, queridos amigos, es lo que me ocurre con Jeepers Creepers. No siempre tenemos el paladar preparado para degustar Iván el Terrible.

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Esta película no va a pasar a la historia como una de las más memorables del cine de terror. Sus interpretaciones son malas, su aspecto formal es anacrónico y varios sucesos (“Lost” style) están condicionados por las necesidades del guión. Sin embargo, a pesar de sus múltiples fallos, me gusta. El film es como tomar un plato de macarrones, con el estómago completamente vacío, después de una cogorza mortal.

¿Por qué esa atracción? Entre otras cosas, por la recreación de los personajes clásicos de terror. Es un constante homenaje, tanto a la tradición oral moderna (originalmente se iba a titular “Aquí vive el hombre del saco”) como al nuevo cine de terror de los años 70. Sobre esto último, podemos citar a psicópatas tan memorables como Michael Myers, Jason Voorhees o Leatherface, y también al camión de “El diablo sobre ruedas”.

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La mención al coche-monstruo de Spielberg no es sólo un guiño: la película es, básicamente, una road movie (más o menos) inspirada en esa obra. Y, precisamente con los dos protagonistas dentro del coche en marcha suceden algunos de los momentos más destacados. Por cierto, que son hermanos. De esta forma el director evita cualquier tensión sexual entre ellos e incrementa la angustia del espectador, centrado en ver cómo logran escapar. A pesar de manifestar cierto instinto de supervivencia, vistas las conversaciones y la forma de actuar de ambos, no son muy espabilados. El caso es que la primera intimidación que asola a estos genios es un enorme camión pidiendo paso para adelantar. Y la forma de mostrarlo es estupenda: un plano fijo nos enseña una mancha al fondo que se aproxima hasta convertirse en un objeto identificable. El atronador toque de claxon hace que los personajes principales, hasta ese momento hablando de banalidades, descubran la amenaza.

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Las situaciones más escalofriantes son las menos explícitas. Resulta sobresaliente cuando desde la carretera contemplan la silueta del “monstruo”, vaciando la carga del camión, que detecta que está siendo observado. Esos escasos segundos, desde que el enemigo en ciernes devuelve la mirada hasta que inicia la persecución, tienen tal intensidad dramática que parece haber pasado una hora. Todo muy bien orquestado, en un plano general y con gran economía de medios, marcando una distancia de seguridad: sólo insinuando, como si el peligro fuese pasajero. Hasta que ese enorme desconocido, de más de dos metros de estatura, reacciona y se pone en marcha.

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Enmarcado dentro de ese terror más sutil también está el recurso al sonido, especialmente la incertidumbre lograda con el graznido de los cuervos. Ese homenaje a Hitchcock sirve, además, para desconcertar al espectador que no llega a encontrar sentido a ese momento: ¿están al servicio de un ser maligno o simplemente los pájaros actúan tal y como se espera de ellos?

A partir de aquí, cuando el espectador empieza a tomarse la película medio en serio (y ya es mucho decir), la trama gira bruscamente hacia una comicidad macabra. Esto ya es para gustos, pero a mí me fascina lo gore tanto que diría que las mejores obras de Peter Jackson fueron Bad Taste y Braindead (efectivamente, que la madre se comiera al perro fue lo más). Por eso me ha encantado esa revisión de la Capilla Sixtina en donde todo apesta a serie b. En realidad, todo el metraje se caracteriza por el bajo presupuesto, como en el caso de los actores principales que no son, precisamente, Daniel Day-Lewis e Isabelle Huppert, aunque sus interpretaciones histriónicas resultan disparatadamente fantásticas. Otros rasgos comunes a este cine son la incontable retahíla de tópicos del género: un personaje hace una previsible revelación (con la canción que da título a la película), los efectos especiales renuncian al realismo a sabiendas, los secundarios que deben proteger a los protagonistas son vagos y escépticos, …

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Y, además, toda la película está salpicada de curiosidades que harán muy felices a los frikis que pongan atención a los detalles. Lo más obvio, de hecho -se hace mención explícita en varias ocasiones-, son los mensajes de las matrículas. Pero hay otros menos claros como el homenaje al guionista de Alien: el octavo pasajero, Dan O’Bannon, en la camiseta del protagonista, o la frase que aparece en la pared cuando “la bestia” arranca la lengua del policía.

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Otro aspecto muy a favor de Jeepers Creepers es la figura del idiota que no sabe gestionar nada bien las situaciones de peligro, un estereotipo, por otra parte, muy típico del cine de terror. Esa clase de personaje, que deseas que sea eliminado por “el malo” de la manera más terrible posible, aquí es sublimado hasta las últimas consecuencias.

Claro que hay un malo, es evidente desde el minuto cero. Lo que no se puede afirmar con tanta seguridad es que exista un bueno o, al menos, uno con el que identificarse. Tal es la exasperante torpeza de los protagonistas de esta historia. Me lanzo a interpretar: dado el carácter conservador que históricamente tiene el cine de terror americano, parece una reprobación a la prolongación de la adolescencia.

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Por muy obvia y manida que resulte, la fusión de géneros está muy lograda. No sólo se recurre a la road movie antes mencionada, sino que también se parodia el spaguetti western en un insólito duelo entre un coche clásico y una criatura infernal. Tan divertidas como confusas, esas personalísimas insinuaciones al pasado cinematográfico son lo más interesante, en términos generales, de esta película. Porque aquí la nostalgia no es un autocompasivo sentimiento por la añoranza de una época anterior. Aquí es divertida y ocurrente, muy alejada de cierta industria actual, rancia y paternalista, responsable de aberraciones como Stranger Things o Super 8, que nos quiere niños para siempre.

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