hypertrofia auditiva/hypertrofia ocular

Ningún problema de comunicación, Sr. Schifrin

Por Javier Ferreirós

Resulta que dos de mis bandas sonoras favoritas  son del mismo autor, de lo que me enteré hace bien poco. Tanto la música que acompaña a La Leyenda del Indomable ( Cool Hand Luke) de 1967, como la que escuchamos en la serie Don Quijote protagonizada por Fernando Rey y Alfredo Landa de 1991, son obra del músico argentino Lalo Schifrin.

Lalo Schifrin es tal vez, junto a Morricone, el autor de bandas sonoras para cine y televisión  más reconocido y reconocible. Escuchamos el trabajo de Schifrin en Misión: Imposible, Starsky y Hutch y Harry el Sucio, por ejemplo.

Podéis vislumbrar el camino que llevó a un músico de jazz argentino a ser uno de los principales músicos de Hollywood en el escueto artículo de la Wikipedia sobre este gran músico, como he hecho yo, que sólo sabía que Schifrin era autor de varias bandas sonoras. Haciendo un resumen amarillista: del jazz a las orquestaciones pasando por el funk.

Pero yo quiero hablar de esas dos bandas sonoras – concretamente del tema principal de Cool Hand Luke y del tema final de Don Quijote, titulado “My Lord Don Quixote”- y preguntarme retóricamente  si en sus notas encontramos un fiel reflejo de las historias a las que acompañan o si, simplemente, y tal como el pensamiento científico indica, el hecho de oírlas siempre ligadas a esas historias puede llegar a hacernos creer que las contienen y las abarcan de una forma genial más allá de las palabras, cuando en realidad sólo se trata de un simple fenómeno de asociación. Por supuesto, la segunda opción es la verdadera; pero como decía el católico a la par que genial Chesterton, “cuando se deja de creer en Dios se empieza a creer en cualquier cosa.”

Empezaré por Cool Hand Luke. Schifrin: “La película Cool-Hand Luke es una historia muy triste. Una tragedia que ocurre en una prisión.” No necesita decir más con palabras: Schifrin retrata al protagonista y relata su tragedia en el tema principal. Empieza con una guitarra arpegiada, despreocupada, por la que en cierto momento se deslizan los dedos sobre unas notas socarronas, porque ya no hay nada más que perder y sólo queda seguir; y esas notas encuentran nuestra sonrisa cómplice, una sonrisa triste como la de Luke fulgurándonos en el recuerdo de Dragline el gañán carcelario. Entra entonces la melodía principal, triste y humilde en la certeza de la derrota contra un mundo que no ayudamos a levantar, que no es el nuestro, y que no podemos demoler. Es el espíritu de alguien que no piensa en grandes términos como “mundo”, o “demolición”, pero que sabe cómo va la partida y que se conforma con poder descansar el domingo por la tarde. Al final de la canción la melodía se enturbia: se masca la tragedia.

“My Lord Don Quixote” suena a retirada, a trompeta tras la batalla en la luz del crepúsculo. “Pero… ¡no todo está perdido! Me levanto maltrecho, ya estoy erguido de nuevo ¡Y nos espera la gloria!” Suena a todo eso. No hay lugar aquí para la victoria o la derrota: la voluntad de combatir es el triunfo. La vida es juego, y en el juego sí hay cabida para los grandes términos. La canción recoge a la perfección la esencia del Quijote: si no te apetece leerlo, aquí puedes escucharlo. Antes de que llegue la muerte, Don Quijote le da un abrazo a la vida amparándose en la locura, locura infundada y real a la vez. Hay pocas historias tan conmovedoras. Como dijo un intelectual dieciochesco de cuyo nombre no puedo acordarme, “El Quijote es tan triste que hace reír”.

Luke y Dragline; Don Quijote y Sancho. Imposible negar el paralelismo: el antihéroe desafía a la vida, el segundón le acompaña, a veces a su pesar, porque el primero encarna la irresistible, la arrolladora fuerza de la vida. ¿O será cosa mía, igual que el parecido entre las canciones y las historias a las que acompañan? Si desmontamos y analizamos al detalle los mecanismos de estas dos relaciones tal vez no nos cuadre demasiado la comparación; pero estoy hablando de los grandes trazos con pequeños términos, sin escrúpulos ni minuciosidad, porque así suenan estas historias y así hablan estas canciones. Ahora que sé que las bandas sonoras de ambas historias son de Schifrin, siempre podré escuchar el rumor de fondo que las hace desembocar en el mismo mar sin necesidad de pensar demasiado. De algún modo ahora se convierten en diferentes partes de la misma canción; sin esa música es muy posible que mi mente distraída nunca llegase a establecer conscientemente el paralelismo innegable entre Luke y Don Quijote, entre Dragline y Sancho.

Además de la maravilla contenida en estas dos canciones, están los “toques étnicos” dados a ambas bandas sonoras en conjunto; se trata de hacer reconocible el paisaje en el que transcurre la historia, y, supongo que, por parte del compositor, de divertirse utilizando las claves musicales de diferentes folclores. Schifrin de nuevo: “A la música [de Cool Hand Luke]  le di un carácter étnico. Se usa en el tema el banjo, la guitarra de doce cuerdas y la armónica. Los instrumentos que se usan en el sur de los Estados Unidos, en su folclore y, al mismo tiempo, le agregué una orquesta sinfónica.” En la banda sonora de Don Quijote encontramos aquí y allá fragmentos de marcado sabor español, al estilo de los románticos del s. XIX, tal y como escuchamos ya desde el tema principall. Entonces, ¿Son esos “toques étnicos” los que me ayudan a sumergirme en la historia? Creo que no. No necesitamos un paisaje de fondo para conectar con un sentimiento. Tal es el caso de estas dos historias, pero no siempre es así: hay otros relatos en forma de película en los cuales el paisaje es primordial, y así supieron recogerlo los autores de sus respectivas bandas sonoras. ¿Cómo sería la música de Lawrence de Arabia sin sus toques arabizantes? Incoherente.

¿Y el recorrido a vista de pájaro de las llanuras africanas en Memorias de África sin una grandilocuente orquestación? Se quedaría en poca cosa.

Y yendo un poco más allá, ¿escucharíamos igual el Claro de Luna de Beethoven si se titulase de otra forma (el título con que hoy conocemos esta sonata se lo puso un poeta años después de la muerte del músico alemán)?

Dije que no necesitamos un paisaje de fondo para conectar con un sentimiento; pero puede ocurrir que necesitemos un sentimiento para conectar con un paisaje: así está condicionado el cerebro del ser humano postindustrial. El psiquiatra inglés Anthony Storr cuenta en su libro La música y la mente que un amigo que regresaba de un viaje por Estados Unidos le dijo que no había sentido ninguna emoción ante la grandiosidad del paisaje del Gran Cañón del Colorado. “¿Cómo es posible?”, preguntó Storr sorprendido. “Faltaba la música que suena cuando sale en el cine”, respondió su amigo.

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