hypertrofia ocular

El final de los “seres humanos”

Esta escena es el final de una gran película y simboliza el final de todo un mundo, el de los indígenas norteamericanos aplastados por la imparable locomotora blanca. Nada se puede hacer, todo esfuerzo ha sido en vano, primero para llegar a un entendimiento y después para vencer al hombre blanco, tal como escucha Jack (Dustin Hoffman) postrado en la paz ancestral, tras pasar por tantas cosas. Lo escucha por boca de su sabio “abuelo”, encarnación de  la sabiduría (que inevitablemente tan conmovedora nos resulta en sus conclusiones) de aquellos pueblos de las praderas que jamás utilizaron la palabra escrita; esa sabiduría le hace aceptar el fin, a pesar de la victoria de Little Big Horn de la que regresa Jack. La única forma de solucionar lo del hombre blanco, dice el anciano, es morir. Como dijo otro indio en otra película ante la constatación de que la cultura de su pueblo desaparecería con él: “También los mamuts se extinguieron. Así es la vida.”

La brutalidad y la estupidez de los blancos hacen sucumbir a los “seres humanos”: así llama a los cheyennes el “abuelo”, porque es bien sabido que todos los pueblos del mundo se refieren a sí mismos como “seres humanos” y al resto de la humanidad como “bárbaros”. Todo culminará con el ritual que representa el viejo indio ciego llamando a la parca. Con su discurso hace que nos sintamos apenados y avergonzados por la extinción de una forma de relacionarse con el mundo, pero también arengados para la batalla diaria: “Gracias por mis victorias y por mis derrotas.”

Y en el momento álgido asistimos a una obra cumbre del humorismo zen: el viejo, en vez de morir, recibe un chaparrón en la cara, así que él y Jack se van a cenar. A veces la magia funciona, y a veces no.

Tuve delante de mí a Arthur Penn, el director de Pequeño Gran Hombre, hace unos años; después de que le oyéramos hablar de su carrera y del oficio de cineasta, proyectaron esta película. Por aquel entonces Penn tenía ya 82 años, pero parecía mucho más joven, y en algunos aspectos más joven que muchos de los veinteañeros que fuimos a escucharle. Aunque a veces era como el viejo indio, aceptando ya lo inevitable, como la rendición del talento al dinero en Hollywood (¿sólo en Hollywood?); otras parecía el embaucador que te vende el elixir que todo lo cura; pero es un embaucador por el que te dejas engañar con alegría, y después te vas tan contento a cenar, porque la magia ha funcionado.

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