hypertrofia auditiva

Sin los Bad Seeds

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Probablemente, si tus abuelos hubiesen visto hoy mismo a Nick Cave & The Bad Seeds en directo sus más profundas creencias se derrumbarían. Ese concierto es la prueba irrefutable de que los dioses existen y que, además, están dotados de una capacidad sobrenatural para poner del revés a aquellos que los han creado. No es un dogma de fe: los adoradores han visto como su San Nicolás ascendía de los infiernos.

Después de lo visto y oído poco se puede añadir de una de las bandas con mejor trayectoria de los últimos 30 años. Sobran todas las palabras. Pero, ¿qué hay de la producción restante de Nick Cave? No todo han sido apuestas al caballo perdedor, ni pretenciosas ambiciones literarias.  Al margen de los Bad Seeds ha habido, entre otras hierbas, punk, cabaret, paseos por el lado mainstream de la vida y bandas sonoras. Esta es la otra historia de Nick Cave, un artista que parece no tener límites.

THE BOYS NEXT DOOR

Una banda de un solo álbum, Door, Door (Mushroom Records, 1979), en donde, junto a Cave, ya se encuentran tres futuros Bad Seeds: los guitarristas Mick Harvey y Rowland S. Howard y el bajista Tracey Pew.

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Influidos por el glam y el country no dejarían pasar de largo el aire fresco punk, que recibieron a través de The Saints y Radio Birdman. El resultado fue un caos con tintes nihilistas exprimido al máximo en unos conciertos incendiarios, tan estridentes como populares.

The Boys Next Door habían grabado seis temas antes de toparse con Rowland S Howard, que pasó a ser el segundo guitarrista y el autor de Shivers, su tema más popular y celebrado. La canción, un manifiesto de angustia post-adolescente, llegó a ser un himno entre los punkies australianos y el tema central de la deprimente película Dogs in Space (Richard Lowestein, 1986), basada en las sórdidas vidas de un grupo de jóvenes que habitan un suburbio de Melbourne.

El álbum, en general, suena mucho más reposado que los trabajos posteriores con The Birthday Party. Sin embargo, se hace perceptible la contemporaneidad post punk y la sorprendente complejidad de un disco primerizo, en todos sus cortes. En Brave Exhibitions suenan saxos que acompañan a la guitarra y sonidos más abstractos que crean, también en otras canciones como The Voice, una atmósfera paranoica y escalofriante. Es impresionante como, incluso en esta etapa temprana, Nick Cave era un cantante seguro y único, perfectamente consciente del poderío y, a la vez, de las limitaciones de su voz.

CAMBIO DE NOMBRE: THE BIRTHDAY PARTY

En realidad, The Birthday Party, más que una nueva banda es un nuevo nombre. El traslado de todos los miembros, de Melbourne a Londres, vino acompañado de una denominación diferente. En 1981 publicaron su primer álbum internacional, Prayers on Fire (Buddha Records, 1981) que recibió una buena acogida por la crítica, tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos.

El conjunto de Cave era demasiado problemático. La situación de inestabilidad general dio lugar a salidas de miembros originarios, como Tracy Pew, y nuevas entradas, como la de Barry Adamson, que participó en las canciones del siguiente álbum del grupo, Junkyard (Buddha Records, 1982).

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Finalmente, tras cientos de peleas, idas y venidas de músicos y arrestos, The Birthday Party decidió trasladarse a Berlín occidental, una ciudad que los miembros consideraban mucho más inspiradora que Londres. Nada cambió, la situación se hizo insostenible cuando Mick Harvey se negó a participar en la gira de 1983 por Oceanía. La banda se separa y es en ese momento cuando Nick Cave, junto a Barry Adamson y el propio Harvey, forman los Bad Seeds.

The Birthday Party destacan por un sonido post-punk oscuro y desafiante, que crea unos paisajes sonoros ruidosos, sombríos e inquietantes. Esta sería la atmósfera perfecta para integrar la voz de Nick Cave que, con su tono grave, nos cuenta deprimentes historias de religión, violencia y perversidad. La evolución de la banda pasa por una revisión del blues y el rockabilly en clave arty hasta llegar a unos potentes estallidos noise en sus últimos momentos de vida.

El lado destructivo de la religión, más que explícito en Zoo Music Girl, con toda la imaginería bíblica de la letra, junto la fascinación de Cave por los pasajes más oscuros de la música y de la vida, son las notas características de Prayers on Fire. La elegancia de Leonard Cohen combina con los aullidos primarios de quien no ha conocido civilización alguna. El piano de Cave ya está aquí aunque su presencia no es esencial, como con los Seeds. Si lo son, sin embargo, las guitarras ruidosas que parecen ir por libre y una sección rítmica frenética. El álbum, una especie de experiencia gótica con The Stooges, es altamente recomendable para aquellos que ansían conocer la demencia de forma transitoria, mientras dura la reproducción del disco.

Sin embargo, la obra maestra de The Birthday Party es Junkyard. Una amalgama de estilos combinados con precisión alquímica. La medida exacta de punk y blues mezclada con la cantidad necesaria de moderneo arty y de paranoia psych. Ahora se dota a la voz de un rugiente y ceremonioso Cave de mayor protagonismo, mientras que el resto de músicos acompañan sus sermones con renovados ritmos blues e incluso funk. Un cabaret de locura que difícilmente se sabe si se celebra para expulsar a los demonios o, por el contrario, para invocarlos.

Siento debilidad por Big Jesus Trash Can, una hilarante y blasfema canción de blues-jazz con una reinterpretación rítmica del rock pionero, y un cantante-predicador desatado. “American heads will roll in Texas” y otras lindezas del estilo se pueden escuchar a lo largo de los tres minutos que dura el tema.

 

UN LOBO ENCERRADO EN UNA MANSIÓN: GRINDERMAN

En 2007, cuando Nick Cave & The Bad Seeds son ya una leyenda viva de la música, el cantante australiano decide formar, junto a Warren Ellis y otros Bad Seeds, un nuevo grupo, Grinderman. La música de esta banda se describe metafóricamente en la portada de su segundo y último álbum: un lobo encerrado en una mansión. La imagen manifiesta la agresividad desatada de quien ha sido arrancado por la fuerza de su medio natural. La etapa de Grinderman parece, en efecto, un gesto rebelde contra los cánones de los últimos Bad Seeds. Lejos del gusto por la balada aquí Cave recupera el lado más salvaje.

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Un sonido arrollador, que combina blues, punk y rock garajero, como en la época de The Birthday Party, pero mucho más directo. El concepto de terribilitá miguelangelesca está presente en el disco, con la diferencia de que ahora la reacción implacable, que genera tanta tensión al espectador, estalla y se consuma. El poderío de Grinderman fue tal que influiría en el siguiente disco de los Seeds, Dig, Lazarus, Dig (Anti, 2008). Sus directos, una hecatombe.

El primero de los dos álbumes, apadrinado estéticamente por The Stooges y Suicide, está dotado de unas letras hilarantes cargadas de humor negro. El mejor ejemplo es, quizá, No Pussy Blues, un desesperado y fallido intento de seducción de una joven por parte de un hombre que está dejando atrás la madurez. El tema se inicia con una potente línea de bajo, mientras Cave recita “My face is finished, my body’s gone, and I can’t help thinking but think standing up here with all this applause and gazing down at all the young and beautiful with looking up with their questioning eyes/That I must above all things love myself…”

Grinderman (Anti, 2007) fue acusado por sus detractores de ser un álbum “a piñon fijo”, pero para quien esto escribe esa insistencia en un sonido amenazador no socava en absoluto el valor de las canciones del disco. Simple no es sinónimo de vulgar y el concepto está conseguido a la perfección.

El segundo álbum, Grinderman 2 (Anti, 2010), es un trabajo mucho más estudiado en donde se han limado las aristas sonoras y, hasta cierto punto, se rompe con la uniformidad estética del anterior cancionero. La canción de apertura, Mickey Mouse and the Goodbye Man, podría formar parte del primer disco, pero aquí los referentes más reconocibles son la Patti Smith de Radio Etiopía (Arista, 1976) y Howlin’ Wolf. Sonido eléctrico de alta tensión, bajos distorsionados, baterías embarulladas, violines estridentes y los aullidos primigenios de Nick Cave.

En otras ocasiones cocinan los temas a fuego lento, como en When My Baby Comes. Una primera parte del tema anticipa su futura incursión en el mundo de las bandas sonoras cinematográficas, con una base melódica minimalista sobre la que dialogan el violín de Warren Ellis y la voz de Cave. La segunda parte es un espectáculo de space-rock que nada tiene que envidiar a los grandes referentes de este género.

Grinderman 2 es un trabajo que combina el rock and roll adrenalínico con una vertiente musical experimental, de texturas expansivas y paleta atmosférica, que no existe en el primer disco.

UNA DEBILIDAD: NICK CAVE Y EL CINE

Hay más, pero me voy a centrar en las bandas sonoras completas que compuso a medias con Warren Ellis. Empezaría a lo grande. Resulta muy extraño que una misma persona escriba el guión y componga la banda sonora de una película. Lo hizo Charles Chaplin en dos ocasiones, con Luces de Ciudad y con Tiempos Modernos. También lo hizo, muchos años después, Nick Cave con The Proposition (John Hillcoat, 2004) en el año 2004. Entre medias, otro que diversificó funciones fue Alejandro Amenábar, pero ¿a quién le importa?

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Existe una unidad, musical y dramática, entre la película y su banda sonora. Ambos están dotados de crudeza, suciedad, oscuridad y un sentimiento evocador, en unas composiciones que, en su mayoría, rehuyen de aportaciones vocales muy desarrolladas. Blues sucio, pinceladas de folk y cantos dolientes de iglesia rural acompañan a las percusiones, a los pianos, a los violines de Ellis y a las voces de Cave, cuando las utiliza.

Muchos de los temas son repetitivos, asociables al paisaje árido y monótono en el que se desarrolla el film, de los que, tal vez, la composición más lograda sea la lamentación Down to the Valley.

En contraste, y al margen de cierto matiz experimental que contienen muchas de las composiciones, nos encontramos con algunas canciones mucho más amables. El corte The Rider Song es un claro ejemplo, el arquetipo de las baladas con los Seeds de los últimos años.

Mi banda sonora preferida, sin duda, es la que han compuesto, en 2007, para El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007). El tono melancólico de la brillante película es reforzado, de un modo magistral, por dos genuinos intérpretes del desamparo.

Algunos temas, como Moving on, están dotados de un perfil más propio de conjunto musical que de una composición para una película. Muy similar a los temas de tempo lento de los Seeds: una línea melódica repetitiva sobre la que discurren, junto a un potente bajo, los restringidos acordes del piano y languidecen las cuerdas del violín de Ellis. El tono, como el film, lírico y triste.

Song for Bob es la canción más cinematográfica del álbum. Una música con una estructura más compleja que recurre, además, a un mayor número de intérpretes para las orquestaciones. El esquema es típico: una melodía pausada se encamina hacia un suave y envolvente crescendo, que trata de alcanzar una intensidad dramática acorde con lo que la película está contando al espectador.

En 2010, con The Road (John Hillcoat, 2010), la cosa cambia sustancialmente. Es lógico si tenemos en cuenta que los dos filmes anteriores eran westerns y, en este caso, se trata de una ficción post-apocalíptica. Sin embargo, el libro de estilo de Cave y Ellis es inconfundible y fácilmente identificable tras un par de escuchas de sus álbumes precedentes. Aquí, como siempre, se trata de reforzar la idea principal de la película, que, en este caso, es la posibilidad de una isla en medio de la devastación total. The Journey, funde perfectamente ambos conceptos: esperanza y desolación.

En otros momentos el tándem Ellis-Cave decide cargar de fiereza su música porque así lo demanda el film. De ahí temas como The House, que logra intensificar la secuencia narrada.

De las tres, esta última es la opción más relamida y comercial, exceptuando los ejemplos anteriores y alguno más. En general, aunque merece ser escuchada, es mucho menos interesante.

EL TOQUE MAINSTREAM: LAS COLABORACIONES FUERA DE LOS BAD SEEDS

Las colaboraciones. Ese pozo creativo sin fondo que, irónicamente, suele catapultar a los artistas al éxito. Lo hicieron Bruce Springsteen y Patti Smith, Bunbury y Nacho Vegas y, como no, Marta Sánchez y Carlos Baute. Nick quería su parte del pastel y era consciente de que esto era una cuestión de apariencia, no de talento.

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Por eso, para arrasar con todo en la sociedad de la imagen, no duda en contar con la sonrisa perfecta del rock: Shane McGowan. En 1992, el líder de The Pogues publicó What a Wonderful World, un disco sencillo que incluye la canción homónima popularizada por Louis Armstrong, en la que participa Cave.

Antes de esto colaboraría, en 1983, con la banda berlinesa Die Haut, poco después de su experiencia con The Birthday Party. El álbum Burnin’ the ice (Hit Thing, 1983) conserva los rasgos “marca de la casa” de aquel momento: intensidad, poderío y violencia. El empuje de Joy Division en los primeros ochenta se hace notar de un modo explícito en este trabajo.

En 1996 Nick Cave colaboró con la banda Current 93, principalmente en el álbum All the Pretty Little Horses. Allí canta la canción del mismo nombre. Una pieza preciosa, con evocaciones a los Simon & Garfunkel de The Sounds of Silence, pero con un final de abstracción electrónica totalmente innecesaria.

Ese mismo año participa en el álbum Oedipus Schmoedipus (Mute, 1996), de Barry Adamson, antiguo bajista de The Bad Seeds, cantando uno de los temas finales: The Sweetest Embrace. Una conseguida atmósfera oscura, densa de quienes no es la primera vez que trabajan esta línea estética juntos.

Cave fue invitado después, junto a otros músicos, en la retrospectiva The Essential Johnny Cash, un álbum lanzado para coincidir con el 70 cumpleaños del cantautor estadounidense. Ambos cantaron un dueto para una versión de la canción de Hank Williams I’m So Lonesome I Could Cry. Teniendo en cuenta a las dos deidades que iban a manipular una materia prima de tanta calidad, el resultado final, sin ser malo, es inferior a lo esperado. La colaboración parece un mero trámite.

Diferente es la versión de Disco 2000 de Pulp, que Nick Cave grabó junto a esta banda en el año 2002. El resultado es un tema totalmente diferente que podría, perfectamente, haber sido compuesto por el Leonard Cohen de I’m your man (Columbia, 1988)

En este punto he decidido prescindir de colaboraciones que forman parte de sus discos con los Seeds, de ahí que no aparezcan ni Marianne Faithfull, ni PJ Harvey, ni Kylie Minogue, ni el tema Death is not the End, en donde, además de las dos últimas, participa Shane McGowan.

Después de más de una semana de Nick Cave parece increíble que no sea capaz de escribir un breve párrafo, de cinco línea,s a modo de conclusión. Al contrario, puedo rebatir todo lo dicho, empezando por el título. Al fin y al cabo, parte de los Bad Seeds están presentes en todas la etapas de Cave. La escasez de referencias biográficas, que podrían aligerar este ladrillo, es otra pifia. Aunque, a decir verdad, creo que la entrada, tal y como esta, ya es excesiva en tamaño para un blog. 

 El caso es que no veo la forma de aunar todo. El post-punk, el rock sucio y garajero, el cine, las extrañas colaboraciones… todo tan diferente que uno queda abrumado ante el talento de un tipo al que nadie, a nivel artístico, le puede pedir más. Aunque estaríamos encantados de otros treinta años Nick, con los Bad Seeds, sin ellos, o como a ti te venga en gana. Estará bien. Seguro.

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