hypertrofia a granel

La fiesta de disfraces de 1966

Y yo que pensaba que las mejores fiestas se celebraron durante los felices años 20, en la célebre era del jazz y del elegante atractivo cinematográfico. Allí, en la suntuosa mansión de Jay Gatsby, en Long Island, se congregaba la flor y nata de la aristocracia neoyorquina “y sus amantes”. Adulterio, corrupción y actividades especulativas acompañaban un seductor festín para los más exquisitos paladares, pervertidos con el enigmático son que marcaba el maestro de ceremonias.

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Estaba equivocado. El año es 1966, otra vez Nueva York. El lugar elegido no es una residencia particular, sino el respetado y aristócrata hotel Plaza. El escritor y periodista Truman Capote invita a las 500 personas más famosas del planeta a una fiesta de disfraces, apodada Black & White. Una especie de pasaporte a otro universo, donde parece que toda la gente allí congregada tiene algo en común más allá de su privilegiado estatus social. Dan igual la religión, el color de piel o la condición sexual. El músico del baile lo resume en la siguiente frase: “la fiesta la organizó un hombre gay”. Y estamos en los 60.

La idea original hay que buscarla en la rutilante celebración que había orquestado Dominic Dune en Los Ángeles. En el Plaza se encuentran, entre muchos otros, Marlene Dietrich y Greta Garbo, también los Kennedy, Frank Sinatra y los duques de Windsor. Al limitar el número de asistentes, Capote se ha visto obligado a excluir a mucha gente influyente que jamás se lo perdonará. Como él mismo señala, con las 500 invitaciones ha ganado 500 amigos y 15.000 enemigos. El menú es tan goyesco como los cartones para tapices, porque parece que entre tanto glamour quieren aproximarse a los pobres como si fuesen una atracción de feria. La alta sociedad, en un gesto de ponzoñosa ignorancia, de falsa cercanía, se sienta en una mesa repleta de bandejas con espaguetis, huevos y salchichas.

Frank Sinatra and Mia Farrow, 1966

Como dicen por ahí, “seguramente ningún otro periodista hubiera reunido a todas las personas que asistieron, ya que nadie más las conoce a todas”. Las malas lenguas comentan  que Truman tiene un don para engatusar a lo que él llama “los cisnes”: las mujeres más hermosas y, generalmente, también las más ricas del planeta. Se trata de gente que sale constantemente en Vogue. Entre otros “cisnes”, se encuentran la esposa de Gianni Agnelli de FIAT, Marella Agnelli, o Gloria Guinnes, casada con el banquero Loel Guinness. La influencia de estas damas, tal vez, ayuda a persuadir a los invitados para que vistan de blanco o negro y oculten su rostro obligatoriamente tras un antifaz del mismo color que la ropa. Es el patético peso de la popularidad: asistir (y participar) en una ceremonia que, a priori, detestan. Pienso en Frank Sinatra y no lo veo.

En cualquier caso, las máscaras han estado presentes, en más de una ocasión, en el universo poliédrico de Truman Capote. En Desayuno en Tiffany’s, Holly Golightly y sus amigas roban caretas en una tienda. Además, en vísperas de asistir a una de las presentaciones teatrales de A sangre fría, inspirada en su obra literaria homónima, Capote se probaría varias máscaras que se encontró entre bambalinas. En realidad, la idea de Capote es anular identidades y que todo el mundo pueda hablar, sin tapujos, con cualquiera gracias al anonimato.

El disfraz y Truman Capote, el genuino hombre de las mil máscaras. Tal vez más oportuna, aunque, sin duda, muy oportunista su célebre cita “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. ¿Cómo alguien que se define así pudo seducir a la práctica totalidad de la aristocracia neoyorquina? Capote, el hombre del momento, es un trampolín hacia la alta sociedad. Tan divertido como sarcástico, el escritor que está en boca de todos es inteligente, conmovedor en sus palabras y dotado de un indescriptible aura de personaje de ficción.

La verdadera genialidad de la fiesta es la forma en que Capote -me atrevo a asegurar que conscientemente- ha convertido todo en una auténtica parodia de la alta sociedad. La gente ha sido capaz de hacer auténticas tonterías por conseguir una invitación, incluidas peleas. Un personaje que no estaba invitado le llegó a sugerir lo siguiente al músico responsable del baile: “¿Sabes que Miles Davis dio un concierto en la Casa Blanca y que me coló como su trombonista?”.

La fiesta favorece el lucimiento de algunos diseñadores que elaboraron las máscaras, desde las más sobrias a las más estrafalarias. Además, también impulsará la carrera de la modelo Penélope Tree que, a partir de ese momento, comenzará a salir con cierta frecuencia en las páginas de la revista Vogue.

Acosado por los medios y por personas que querían ser invitadas, en las semanas previas a la fiesta, el famoso escritor optó por irse de la ciudad hasta poco antes del convite.

Las semanas próximas a Black & White los asistentes dirán que ha sido la mejor fiesta de sus vidas. Incluso aunque no fuese verdad, porque es el mensaje que querrán transmitir a los que no estaban allí.

A pesar de regalarles la fiesta de su vida, Capote, camaleónico ser cambiante, romperá sus buenas relaciones con ese ingrato mundo de engañosas apariencias al publicar algunos capítulos de su novela inconclusa Plegarias atendidas. Allí se van a divulgar vivencias íntimas de algunos de sus amigos más reputados, apenas camuflados de personajes de ficción.

Pero eso será mucho después. Ahora está acabando la fiesta del siglo. El mismísimo Truman observa a sus invitados bailar mientras la orquesta de Peter Duchin toca el tema de despedida. Lo ha hecho muy bien.

capote

Hemos escuchado Moon River, algún que otro swing de Benny Goodman, varias interpretaciones de los Beatles y un tema de Artie Shaw. Ya son las cuatro de la madrugada. El momento de la noche, por lo que cuentan, ha sido cuando Lauren Bacall y Jerome Robbins  intentaron un número de Ginger y Fred. Sin duda un momento de película, gracias al músico que consiguió darle ese tono mágico a la velada. Yo, que no he podido asistir, prefiero, en realidad, que la celebración concluya tan apasionadamente como La Ceremonia de Claude Chabrol. El más puro final.

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