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En busca del samurái que huele como los girasoles

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“Esta obra de ficción no es un riguroso retrato histórico. Ahora calla y disfruta de la serie”.

Quien avisa no es traidor. Los creadores del anime Samurai Champloo nos dan este toque de atención nada más empezamos a ver el primero de sus 26 episodios. Eso sí, la advertencia aparece después de unos créditos sublimes que ya prometen una historia de samuráis nada tradicional.

Samurai Champloo es una de esas series que no te puedes perder, aunque no te guste el anime. Mugen, el vagabundo; Jin, el samurái errante; y la glotona Fuu nos dejarán acompañarlos mientras buscan por buena parte de Japón al samurái que huele como los girasoles.

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La serie  está ambientada allá por el año 1670, en pleno período Edo.  A esta época también se le conoce como el período Tokugawa y se extiende desde el año 1603 hasta el 1868. Durante esta era la mayoría de los samuráis perdieron la posesión directa de las tierras y tuvieron dos opciones: dejar las armas o trasladarse a las ciudades y convertirse en sirvientes a sueldos de los daimyo (señores feudales).

Como veréis en el primer minuto de la serie (sé que ya la estáis buscando), no es el caso de ninguno de nuestros amigos.

Hasta aquí todo bien. Pero nada más empezar el capítulo uno, y tal como rezaba el aviso, los amantes intolerantes de la historia van a recibir su primer ¡ZAS! en toda la boca.

Este no es el minuto 1, pero es un buen ejemplo de bofetón histórico

No os voy a contar todos los porqués ni especificar todas las anacronías, pero sí adelanto para los rezagados de la clase de historia que en el período Edo aún no existían gafas de diseño; la gente no se ponía piercings; no había competiciones de graffitis y mucho menos raperos. Por supuesto, al espectador más despistado también le informaré de que en estos tiempos Adidas aún no explotaba a niños bajo su marca y de que el logo de Converse todavía no se veía en las sandalias de madera. Más que nada os aviso por si alguna imagen os resulta un tanto familiar.

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Pero, veréis, es curioso. A pesar de todos sus elementos anacrónicos y de sus eventos “trasladados” de fecha, Samurai Champloo consigue ilustrarnos ¡y de qué manera! sobre diversos aspectos o curiosidades no tan conocidos de la historia japonesa.

La aparición del “gaijin” Isaac Kitching es una buena forma de empezar. Aunque se quiere hacer pasar por japonés,  este diplomático holandés no puede esconder su procedencia. No sé por qué será.

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Isaac seguramente se había escapado de Dejima, una isla artificial de la bahía de Nagasaki. Durante el período que va del 1640 al 1850, aproximadamente, sólo los comerciantes chinos y holandeses podían negociar con Japón. Eso sí, los holandeses no tenían el derecho de abandonar Dejima (que, como decíamos, era artificial, y no parte del territorio del país), ya que les estaba prohibido pisar el “sagrado suelo de Japón”.

Pero eso no es lo más interesante sobre la historia de nuestro amigo Isaac. Según nos cuenta, viajó a Japón tras conocer la obra “El gran espejo del amor entre hombres”. El libraco en sí existe y fue escrito por el monje Saikaku Ihara en 1687 y se centra, más bien, en las relaciones homosexuales entre hombres y “muchachos”. Parece que a los samuráis les iba bastante lo de los “muchachos” –vamos a dejarlo así-, un aspecto que se insinúa en la serie en alguna otra ocasión.

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No sólo de literatura vive el hombre, y nuestros samuráis también tienen tiempo para la pintura. Y si estamos en busca del que huele como los girasoles, el punto de unión no puede ser otro que Vincent Van Gogh, que era un gran “fan” de los grabados Ukiyo-E. El hombre sin oreja (para simplificar) llegó a decir que se sentía “mucho más alegre y feliz” en el momento en que miraba estas obras, que fueron producidas en Japón entre los siglos XVIII y XX, y que supusieron una revelación a los artistas europeos del siglo XIX cuando, durante el período Meiji, Japón “abrió sus puertas” y su arte empezó a conocerse por estas latitudes.

Pese a todo, creo que la aparición más estelar, en lo que a pintura se refiere, es la de Ando Uohori en el capítulo 18. Seguramente os suene más si os digo que es Andy Warhol y que, trasplantado a la era Edo, muestra un gran interés en los grafitis. Si queríais saber como sería Warhol en el Japón del 1600 y pico, aquí lo tenéis

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Seguro que su colega Bowie estaría loco de contento de verlo de esta guisa

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Lo siento, no me pude resistir

El camino de Mugen, Jin y Fuu también se cruzará –o, al menos, eso parece- con Miyamoto Musahi. No os voy a contar que es uno de los samuráis más famosos, pero igual os suena de algo una de las historias que cuentan de él. Supuestamente, un día un vagabundo con dos espadas –Musashi creó el estilo Nito-ryu de pelea con dos espadas- entró en una taberna. Pedía comida. El hombre no olía muy bien y, para demostrarlo a lo bestia, tres moscas le revoloteaban encima. Obviamente, los apatronaos de la taberna empezaron a criticar al susodicho, insultándole y preguntándose donde había robado esas estupendas espadas. Pero, he aquí amigos, que el pordiosero alzó sus palillos en tres movimientos e hizo caer a las tres moscas después de atraparlas. Los petardos huyeron despavoridos. Ése no podía ser otro que Miyamoto Musashi.

Bueno, les perdonamos la ignorancia. Aún no sabían que bien podría ser el señor Miyagi.

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De todas formas ¿qué queréis que os diga? A mí que el hecho de que vaya con dos espadas hace que este tal Musashi me parezca un tío así como más seriote.

Tipos serios son también los Yakuza. Por supuesto, aparecen en la serie, y es que la “mafia japonesa” parece ser que data, según algunos, del siglo XVII y otros algunos le atribuyen el honor de ser la organización criminal más antigua del mundo. Los conoceréis por sus tatuajes y porque, además, actualmente atesoran otro récord: uno de sus clanes, con 40.000 miembros, puede que sea el grupo organizado destinado al hampa más numeroso del mundo. Que sepáis, para más información, que nuestros queridos Yakuza hicieron una gran movilización durante el tsunami de 2011 y que se autoproclaman herederos de los samuráis ronin, es decir, los sin señor. Ya sabéis, el rollo que os contaba antes de que unos dejaron sus armas; otros sirvieron a un señor; y, otros que ni lo uno ni lo otro. Es decir, que de los ronin que quedaron sueltos, algunos se dedicaron a estos menesteres.

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Mugen, Jin y Fuu también se encontrarán de lleno con la persecución religiosa de los cristianos por tierras niponas. Se nos aparece Francisco Javier III –que por cierto tiene una colección de arte de babear, que incluye Delacroix y su libertad guiando al pueblo-, supuesto nieto de Francisco Javier, el misionero que introdujo el cristianismo en Japón en el siglo XVI.

Y también saldrán a relucir las islas Ikitsuki, refugio de cristianos. Según cuenta Hidehito Higashitani, aún hoy en día existen reductos de “cristianos escondidos” que continúan con una práctica religiosa muy peculiar. Una de sus características es que conservan lo que ellos llaman orasho, que se supone deriva del latín “oratio”.

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Durante la época de prohibición del cristianismo, la única forma de transmitir las orasho era oralmente. La gente que investiga seriamente este tema localizó varias personas mayores que conservaban estas “orasho” en las islas Ikitsuki. Consiguieron identificar dos de los tres cantos que se conservaban, y que parecen proceder de libro “Manuale ad Sacramenta” publicado en Nagasaki en 1605.

Pero había un tercer canto llamado “Gururiyoza” que no se conseguía identificar. Finalmente, en 1982 se encontró en la Biblioteca Nacional de Madrid una colección de cantos religiosos que databa del 1553 con la partitura original de un canto regional de España que lleva por título “O Gloriosa Domina”. Tanto la melodía como la letra en latín se parecían muchísimo al “Gururiyoza” (una derivación muy “japo” , tras 400 años de transmisión oral, de la palabra Gloriosa”). Y, la pregunta del millón, es ¿qué españolito de bien anduvo por esas tierras de Nagasaki y les enseñó ese canto de Castilla a los fieles de ojos rasgados allá por el siglo XVI?

Después de todo este rollo, aún quedan muchas cosas en el tintero. Pero no me gustaría nada destriparos esta gran obra de Shinichiro Watanabe (creador también de otro gran anime, Cowboy Bebop), y con guionista de la propia Cowboy Bebop, de Wolf’s rain, y de Ghost in the Shell: stand alone complex. Entre los diseñadores y directores de animación, también encontramos a Kazuto Nakazawa, el mismito que se encargó de la parte animada de Kill Bill, queridos Tarantinianos.

Sólo os diría que le deis una oportunidad a Mugen, que lucha haciendo breakdance y que es un delincuente de libro; a Jin, un hombre parco en palabras, educado, pero que jamás rechazará una pelea; y a Fuu, la benjamina alocada y glotona que embarca a los otros dos en la aventura.

 Deberíais ver Samurai Champloo por las peleas;  por el final del capítulo 14 (Ojo: no desvela gran cosa, pero si alguien es temeroso que no haga click); por la relación de los tres personajes;  por el hip hop; por las competiciones de comida; por algunos secundarios sublimes; por ver a Jin pescando su comida; porque si no nunca sabréis cómo sería un partido de baseball con samuráis; porque así buscaréis quiénes eran los ainu (sí, como Ashitaka, de la princesa Mononoke) y porque ¡qué carallo! tenéis que verla.

¡Ah! Y, que no se me olvide, de paso veis también cómo se las gastan cuando se incendia un campo de “hierba sagrada”

Estáis avisados: esta obra de ficción no es un riguroso retrato histórico. Ahora levantaos y disfrutad de la serie.

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4 pensamientos en “En busca del samurái que huele como los girasoles

  1. Por las animaciones de los combates, por la mezcla de referentes cultos y populares, por el final del episodio 14 y por los dos últimos capítulos completos, por Van Gogh y Warhol, por no aparecer jamás en una insulsa lista de las mejores series de todos los tiempos, por la ingenua crueldad de Mugen, por la indiferencia de Jin, por la astucia de Fuu… ¡hay que verla!

  2. Muy buena tu entrada, me gusta el enfoque. Ahora tendré que volver a verla porque me perdí algunas de las referencias que comentas. La serie está genial, sorprende la mezcla, pero me gusta un pelín más Cowboy Bebop. ¿Qué opináis vosotros?.

    • Hace demasiado que no veo Cowboy Bebop, y esta la tengo más reciente. Quizás por eso ahora me atrevería a decir que me gusta un pelín más Samurai Champloo. Aunque claro, igual ahora mismo vuelvo a ver Cowboy Bebop y apuesto por ella a lo bestia. Habrá que revisitarla y comentarla 🙂

  3. En realidad la serie está ambientada al final del periodo Edo. En el capitulo 19 aparece el cuadro de “La libertad guiando al pueblo”(cuadro pintado en 1830). Sé que los anacronismos son parte de la gracia de la serie, pero en este caso creo que no es tal. Recuerda también que el hecho de que sea a finales de Ed es relevante para el argumento. 😉

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