hypertrofia a granel

La insoportable levedad de Gurney

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El martes me encontré con mi amigo del instituto Gurney Bamble en una cafetería del casco viejo de Compostela y me dijo que está siguiendo hypertrofiados. Admito que me sorprendió que conociese el blog, pero al parecer no le gusta lo que escribimos. De todos tú eres el peor, me dijo. ¿Por qué no escribes de una vez sobre sexo? Es lo único que la gente quiere leer.

Entonces empezó a contarme historias de la adolescencia que yo casi había olvidado. Gurney era el clásico pajillero; en aquella época todos lo éramos, pero él era de los que además presumía. Su mundo se reducía a pañuelos engurruñados y clínex hechos una bola y pijamas con manchas.

La frase no es mía y, por supuesto, tampoco de Gurney. Es de Philip Roth. Sí, ese judío que se hizo famoso con una historia sobre pajas y ahora es el eterno candidato al Nobel.

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El mismo del que alguien dijo hace poco que la cima de su pensamiento parece ser que, si una mujer no se traga tu semen, no te quiere de verdad (¿acaso hay otro pensamiento posible?)

Muchos no lo entienden, me dijo Gurney, pero somos los últimos a los que pusieron supositorios. Somos la generación anterior a internet. Somos más viejos que las películas de los viernes del Plus.

¿Te acuerdas de la Serie Rosa que echaban los viernes en la Primera? Claro que me acordaba. Cómo olvidar ese pastiche kitsch de erotismo de época que entonces juzgábamos porno duro. Si hoy ves un capítulo, te parecerá más light que la retransmisión de la Santa Misa.

Aunque, sin duda, el recuerdo que Gurney prefería eran las noches de los sábados en que sus padres salían y le dejaban vía libre para husmear en la colección de VHS. Cuántas películas vio esos sábados con la tecla de fast forward apretada en busca de unos segundos de polvo, una teta furtiva, cualquier frame que escondiera una motivación extra.

Vivía en un séptimo al que sólo se podía acceder usando un ascensor viejo y ruidoso. Cuando el ascensor rondaba el tercer piso y temía que le pillasen con las manos en la masa, Gurney se abalanzaba sobre la tecla de eject del VHS y camuflaba la cinta en una carátula más acorde a su edad, digamos El retorno del Jedi, que tenía preparada a tal efecto.

Ese ritual y el riesgo a ser descubierto le excitaban más que las propias películas. Era como follar en lugares públicos.

Algunas de esas películas saltaban en ciertas escenas de puro gastado.

La mantequilla de El último tango en París estaba machacada, aunque Gurney tampoco acababa de entender para qué hacía falta mantequilla.

Charlotte Rampling con una gorra de SS en Portero de Noche estaba machacada, aunque Gurney no entendía por qué una gorra de SS.

El coito sobre el fregadero de Atracción Fatal estaba machacado, aunque Gurney se preguntaba cómo Michael Douglas podía sentirse fatalmente atraído por una mujer tan fea como Glenn Close.

Christian Slater siendo desvirgado por una mendiga en El nombre de la rosa estaba machacado, aunque Gurney no podía imaginar que diez años después su profesor de Historia del Periodismo iba a ponerles una copia triturada en esa misma escena.

Pero si una película vio Gurney un ciento de veces a doble velocidad, ésa fue La insoportable levedad del ser. Aquella era LA película: el vello púbico de Juliette Binoche, los espejos de Lena Olin, el examen médico de Daniel Day Lewis.

Y una frase, pronunciada por Tereza. La frase que cambió la vida de Gurney:

“Lávate el pelo, aún te huele al coño de otra mujer”.

Después de pronunciarla, Gurney farfulló una disculpa y entró en el baño de caballeros. Me bebí el café, dejé dos euros sobre la mesa y me marché.

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